Un día con Mujica, “la mejor versión del ser humano” por Marisa Alemany

Pepe Mujica dice que nos merecemos la felicidad y su frase corrobora cada decisión que he tomado en los últimos años. Me conmueve.

Os cuento el porqué.

Algunos colaboradores de Vinatea pasamos el día entero en Valencia con el expresidente uruguayo, su mujer Lucía Topolansky, actual vice-presidenta y allegados que los acompañaban en esta última visita.

Son tres años compartiendo una colaboración en la editorial solidaria Vinatea. Entre colaboración profesional y personal, acompañé a Salva hace dos veranos a visitar un matrimonio de ingenieros agrónomos, Pilar y Eduardo, cuyo trabajo es, desde que sus hijos son universitarios, diseñar e implantar invernaderos en lugares sin Dios. Pobreza, falta de educación, medios, hambre; carencias que despliegan su poder sobre los más débiles, niños y mujeres, con implacable dureza.

Ambos insisten en que la parte más importante del año que pasarán en Uruguay es que los lugareños aprendan a gestionar el invernadero cuando ellos se vayan. Por suerte, son optimistas, pues cuentan con el apoyo de Pepe Mujica quien vive ‘en su casita’ muy cerca de donde van a trabajar.

— ¿Vinatea va a financiar este proyecto? —le pregunto a Salva entusiasmada.

—Sí, este y otros tantos similares.

Ya lo conocéis. A mi pregunta, él comienza con el símil de las chinchetas de colores en el mapa del mundo donde hay distintos proyectos de Valencianistes per la Solidaritat.

Y es que este símil es muy verdad. Por eso, somos primos hermanos de otras Fundaciones más grandes como es la Fundación por la Justicia cuyos miembros por unanimidad han homenajeado a Pepe Mujica con el Premio Internacional por la Solidaridad.

En este caso, el proyecto de Pilar y Eduardo en Uruguay ha aunado esfuerzos de varias ONGs, locales, Vinatea y la Fundación por la Justicia. Y si vienen Pepe Mujica y Lucia a recibir los honores de un premio ¿quién mejor que Salva como guía para contarles los secretos de nuestra ciudad?

Despacito recorremos la plaza de la Reina, el Miguelete, la Iglesia. No hablan apenas, escuchan y sonríen. Pacientemente posan para selfies con personas que se acercan a nosotros al reconocer el inconfundible rostro de Mujica, esos ojos que penetran el universo, esa nariz de gancho, ese mentón portentoso. Fue ciclista en su juventud y todavía mantiene cierta potencia intangible.

—Qué bueno es estar rodeada de gente buena —me dice Lucía cuando la abrazo.

Así que el gran poeta estadista calla hasta la tarde cuando tiene que dar la charla tras recibir el premio. Es entonces cuando ese silencio y esa escucha de la mañana se convierten en contundentes palabras capaces de sobrevolar todas las salas del Colegio de Abogados. Porque hay verdades que no caben en estancias, de tan grandes y de tan jodidas.

Por la tarde, a las 19h, el magistrado José María Tomás y Tío como presidente de la Fundación por la Justicia introduce el acto especialmente emocionado, y es que ahí en el atril parece alguien muy importante, que lo es, pero José María es ante todo es un gran ser humano que ha trabajado con el premiado codo con codo y este momento es muy delicado, íntimo casi, para él.

 

 

Después llega el protocolo del premio y, curiosamente, no me aburre. El motivo es que estoy sobrecogida. No acostumbro a ver hombres y mujeres tan serios, tan formales ¡abogados! postrados ante un alma tan pura y tirando al rojo como la de Mujica.

Y es que el mensaje de este hombre no va de ideologías políticas, es pura humanidad. Se identifica como “un campesino venido a cambiador de mundos”. Te mete en su imaginario al instante.

A continuación, comparto con vosotros una reproducción de su lírica con mis palabras.

“El ser humano, ese animal capaz de lo más maravilloso y también de lo más peligroso se encuentra ahora en el momento más importante de su historia.

Aunamos creatividad, bondad, pero también una gran codicia que forma parte de nuestro ADN. Esta estructura genética nos resultó útil para sobrevivir, para inventar cosas, para progresar. Para crecer. Cuando dejamos de ser recolectores y fuimos agricultores se inventó la propiedad y el valor del dinero.

Y crecimos mucho, especialmente en el siglo XIX gracias a la tecnología, la revolución industrial, el petróleo y los plásticos”.

Mujica afirma que el ser humano ha pecado de inocente creyendo que la ciencia, pródiga en productividad, nos iba a salvar de todos nuestros inventos con inventos nuevos.

Hasta ahora.

Nuestra producción, el ansia del capitalismo, más cosas, más necesidades, más envases, más de todo, ha generado tanta basura que estamos cambiado el clima del planeta y eso, según los científicos, ya no tiene marcha atrás.

Comparte su experiencia cuando visitó un invernadero gigante y subterráneo en Nueva Zelanda. Un ‘platal’ habían invertido allí para guardar todas las plantas de su zona le explicó el Presidente. Con luz, calor… para detectar qué plantas podrían sobrevenir a los inevitables cambios de temperatura que se avecinan.

Un Mujica apocalíptico. Distópico. El fin del mundo.

Porque parece ser que el cambio climático es inevitable y los científicos están estudiando cómo ‘mitigarlo’.

Este planteamiento le lleva de inmediato a recordarnos que los poderosos lo saben pero que no les importa porque ellos se imaginan en el arca de Noé sobreviviendo. A buen recaudo. Ya que el cambio climático te afectará si eres pobre.

Aunque la riqueza de la naturaleza la perdamos todos.

También vaticina una brecha inmensa entre los pobres y los ricos. La salud será cosa de bolsillo.

La mayor injusticia desde que el hombre es hombre. Porque la ciencia permitirá a algunos pocos ser muy longevos, casi eternos, y entonces sí habrá razas de humanos distintos con una desigualdad insalvable.

Hecho que lleva proyectando la ciencia ficción desde hace mucho.

Nos recuerda que la tierra no es una herencia de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos. Y que nuestros nietos tendrán motivos para odiarnos si no nos concienciamos ya de la necesidad de mover conciencias y, sobre todo, de aumentar nuestro compromiso con el cambio a favor del hombre y del planeta.

El silencio sigue tras sus frases como tormentas perfectas, tras cada verdad como puños que golpean nuestros morros.

Sí, tú también. También es cosa tuya. Recuerda que no se puede cambiar el mundo entero pero sí lo que uno tiene al alcance. No hay excusas. No hay motivo para tumbarse en el sofá mirando el techo y dejarlo pasar. Pide compromiso. Por eso alaba la labor de la Fundación, de Vinatea, de las ONGs que hacen lo que pueden, porque hacen algo.

Mujica se despide consciente del varapalo merecido que nos ha dado. Dice que no quiere ser vaticinador de verdades sino de posibilidades, invitando de nuevo a la sociedad civil y a las instituciones a crear la masa crítica suficiente que incline la balanza hacia unos derechos humanos respetando al hombre y al planeta en su completitud.

Nos levantamos visiblemente afectados y yo deseo que esa sensación se mantenga firme en el corazón de los presentes, porque yo la tengo desde que soy niña y no quiero ser la única.

Ahora sé que no lo soy.

Sin embargo, para mí Mujica ha sido optimista, duro, pero positivo.

Mi visión es distinta. Creo que el planeta nos dará un volantazo en cualquier momento para que salgamos disparados y dejemos de cagarnos en su belleza y utilidad.  En su unicidad dentro del cosmos conocido.

Espero que el alma única de Mujica, su compañera Lucía y todos los amigos que está haciendo por el mundo cambien mi pronóstico triste.

Y así me despido. Hasta aquí la crónica apresurada de un día con Mujica, la mejor versión del ser humano que todos podríamos ser.

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